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Panorama Académico

La recepción de la obra de José Joaquín Fernández de Lizardi en su época desde una nueva perspectiva  

Redacción

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Por Isabel Terán

Es bien sabido que la historia de la literatura mexicana se escribió, en su forma canónica, en el siglo XIX. Es decir, los críticos literarios decimonónicos fueron los que a través del filtro de sus intereses ideológicos y políticos, y de sus gustos estéticos, orientados en su mayor parte por la poética neoclásica y posteriormente romántica, establecieron quién era un “buen” literato o una “buena” obra literaria y nos legaron sus nombres inscritos en la historia “de bronce” de nuestra patria.

Entre los autores privilegiados que consiguieron pasar esos filtros se encuentra José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827), quien vivió y escribió en el ocaso del mundo novohispano y en los albores del México independiente. Hombre prolífico en ideas y obras, para los críticos e ideólogos decimonónicos, Lizardi representa, dejando sus veleidosas ideas políticas aparte, a un luchador que vislumbraba con optimismo lo que sería una nueva patria: el México independiente. Su voluntad de educar al pueblo, de aceptar muchas de las progresistas ideas ilustradas que proponían una nueva forma de gobierno y de sociedad basada en el bien común y en nuevos valores morales y civiles desde una perspectiva laica, coincidían perfectamente con el proyecto de nación que tanto liberales como conservadores soñaban para el recién emancipado país.

Es por eso que en las historias de la literatura mexicana Fernández de Lizardi es reconocido como el padre de la novela moderna con su señera obra El Periquillo Sarniento, el paladín del periodismo cultural y político con sus múltiples publicaciones periódicas, entre ellas la que le valió su apodo de El Pensador mexicano; el pintor del costumbrismo patrio y el lingüista que dejó testimonio del habla popular y coloquial, el intelectual que se educó a sí mismo, el moralista que trató de instruir a sus lectores sobre el nuevo papel social del “ciudadano”, y el escritor incomprendido por los literatos de su época, porque, profesionalizando por primera vez este oficio, se atrevió a vivir de él sin que la escritura fuera una actividad secundaria en su vida.

En estas mismas historias de la literatura, la imagen de Lizardi es la de un autor que se convirtió en un líder de opinión a través de sus escritos, los cuales tuvieron una amplia difusión y recepción principalmente entre el pueblo, que aunque mayormente analfabeto, gozaba y aprendía de sus obras a través de la lectura en voz alta de quienes sí sabían leer en tertulias y reuniones informales.

Y esta imagen del Pensador mexicano es la que ha pervivido hasta nuestros días, a pesar de que desde mediados del siglo XX los investigadores literarios se han preocupado por estudiar más a fondo la literatura novohispana y de poner en duda los juicios de los críticos decimonónicos, a la par que han rescatado obras que por entonces se desconocían, contando hoy con un panorama mucho más amplio y preciso de la producción literaria virreinal que ofrece una situación muy distinta a la plasmada por los historiadores del siglo XIX. Sin embargo, los frutos de estos esfuerzos suelen quedarse en escritos para académicos que difícilmente llegan al gran público.

Un ejemplo de cómo esta imagen tradicional queda en entredicho a partir de nuevos conocimientos es el caso de un descubrimiento documental, el cual pese a que no habla de literatura ni específicamente de Fernández de Lizardi, plantea a los investigadores literarios una nueva perspectiva sobre la recepción de su obra que pone en crisis esa imagen decimonónica que hemos descrito.

La investigadora norteamericana Linda Arnold descubrió hace algunos años en el Archivo General de la Nación un expediente con una disputa mercantil que se dirimió en 1820 entre el impresor Alejandro Valdés y un personaje prácticamente desconocido de nombre José Manuel Palomino. Valdés se queja de haber impreso el segundo tomo de la novela La Quijotita y su prima de Lizardi, y Palomino, que había firmado como fiador de éste un pagaré comprometiéndose a liquidar el monto de la impresión en caso de que Lizardi no lo hiciera, se defiende argumentando que Valdés tendría que demandar al Pensador mexicano y no a él, dado que era el primer deudor obligado.

Para comprender mejor esta situación hay que explicar que durante el virreinato hubo varias estrategias para costear la impresión de un libro: una era mediante el mecenazgo, es decir, el autor de una obra conseguía un patrocinador que pagara la impresión a cambio de ejemplares para él y sus amigos y de una apologética dedicatoria que agradecía su generosidad; otra, que se implementó ya bien entrado el siglo XVIII, era mediante el sistema de suscripción: el autor de una obra anunciaba de qué se trataba y cómo sería impresa y encuadernada en una publicación periódica, aclarando que para imprimirla necesitaba un número determinado de interesados a los que se les solicitaba el pago por adelantado de su ejemplar; por último, estaba la que al parecer utilizó Fernández de Lizardi en el caso de La Quijotita y su prima. Esta estrategia consistía en solicitar a un impresor que costeara la impresión de una obra a cuenta de las ganancias de su venta, para lo cual se necesitaba, como en el caso aquí descrito, un aval por si la obra no llegara a venderse como se esperaba.

Y es precisamente esto lo que al parecer sucedió: Lizardi contaba con repetir el éxito de su primera novela, lo cual no resultó así, de modo que el impresor buscaba recuperar su inversión, no de Lizardi, a quien considera insolvente, sino de Palomino, que contaba con suficientes bienes como para responder por la deuda según el inventario de sus posesiones recabado por la justicia. De hecho, el impresor ni siquiera quiere aceptar los ejemplares del segundo tomo de La Quijotita… (del que se hicieron 750 ejemplares) como pago de la inversión, pues sólo los considera útiles para “envolver azafrán” y no quiere que “se le apolillen en los estantes”, es decir, los considera invendibles por el poco interés mostrado por el público.

Estas declaraciones perdidas en un pleito mercantil ajeno a lo literario, ofrecen una perspectiva muy diferente a la que nos ofrecieron los críticos decimonónicos sobre la recepción de la obra de Lizardi entre sus contemporáneos, y por lo tanto nos lleva a cuestionar muchas otras de sus afirmaciones. Es posible, quizá, que El Pensador mexicano no fuera tan importante como líder de opinión, ni que sus obras tuvieran el impacto que se nos ha hecho creer para el cambio de mentalidad de los hombres de su época. Habrá que cotejar el nuevo conocimiento aportado por esta fuente con otras como para sustentar más esta nueva hipótesis.

Fuente consultada: Nancy Vogeley, “Las vicisitudes editoriales de La Quijotita y su prima”, Legajos. Boletín del Archivo General de la Nación, 7ª. Epóca, año 5, núm. 18, octubre-diciembre 2013, pp. 135-194.

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Panorama Académico

12 de octubre, un hallazgo de dos mundos

Redacción

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Por Víctor Manuel Chávez Ríos.

El 12 de octubre de 2018 se conmemoran 526 años del descubrimiento oficial de América, con la llegada de la flota a cargo de Cristóbal Colón a la isla de San Salvador. El término empleado es conmemoración porque algunos festejan con bombo y platillo este lapso y otros se sienten agredidos y apesadumbrados con ella, para no herir susceptibilidades se emplea este término a lo largo de este artículo.

Por principio de cuentas es necesario referirse a lo que se afirma de manera oficial sobre el descubrimiento, ya que existen evidencias de desembarcos vikingos en el extremo norte de América, pero no fueron documentados ni oficializados por la cultura nórdica, quizá fueron sólo naufragios o extravíos de estos grupos de hombres en su afán de conquistar el norte de Europa, pero esto sería tema para otro artículo.

El descubrimiento de América en 1492 fue accidental, en realidad la expedición patrocinada por los reyes católicos, Isabel y Fernando, buscaba encontrar una vía más corta para poder comerciar con el oriente lejano en Europa central, pues los viajes de Marco Polo eran evidencia del éxito de este tipo de expediciones. Esta monarquía española logró el acuerdo con el Vaticano de que los territorios formarían parte de la reconquista morisca y tanto las tierras como los humanos que en ellas habitaran, estarían sujetos a ser evangelizados en la fe católica lo que le daba un salvoconducto nunca antes otorgado a ninguna corona europea.

Hasta donde se sabe Cristóbal Colón no se dio cuenta de la importancia de su fortuito descubrimiento, aunque realizó tres viajes no supo la dimensión del encuentro que se estaba generando en ese momento. Las evidencias de estas expediciones fueron recibidas con asombro, pero se ignoraba que era un nuevo continente, se infería que podía tratarse de islas cercanas a la India y por eso se denominó a los aborígenes: indígenas.

A finales del siglo XV Europa era un territorio agotado en cuanto a la explotación agrícola, ganadera y minera que se evidenciaba en una crisis, tanto de pensamiento como religiosa, económica y social. El Renacimiento como movimiento filosófico y artístico desencadenaba anhelos y pensamientos nunca antes expresados por los europeos, el lugar central de Dios había sido ocupado por el hombre, el cuerpo cubierto durante toda la Edad Media, se desnudaba en las esculturas y pinturas de los artistas italianos y se plasmaba en las bóvedas de las capillas y en los muros de las iglesias.

El pensamiento renacentista dudaba de la creencia que la tierra fuera plana y promovía las expediciones, pero sobre todo motivaba la aventura de los viajes y lograr reconocimiento a esta labor. Cuando la corona española recibió la propuesta de Colón sus arcas estaban vacías por el costo de la reconquista del sur de España para arrancársela a los moros, por tanto, era tentadora la oferta, pero para lograr realizarla era necesario encontrar un apoyo más solvente y el Vaticano resultó ser el aliado perfecto, ya que en esta opción tenía una salida viable para aumentar sus adeptos en otras latitudes.

Europa trajo aportaciones sustanciales para el territorio americano, la cultura occidental se imponía a los naturales mediante la superioridad técnica y el nulo conocimiento de ésta, debió haber sido terrorífico conocer el estruendo de la pólvora, las armaduras metálicas y el empleo de los caballos como armas de asalto. Pero también debió haber sido apabullante conocer un Dios omnipotente y omnipresente que no exigía tributos de sangre y lo perdonaba todo, incluyendo a los conquistadores.

América contribuyó con una gama de posibilidades para Europa, por principio reactivó la economía europea con el flujo de mercancías americanas y el mercadeo de ellas. Sin embargo, estos objetos se fueron integrando a la cultura de las naciones del viejo continente hasta formar un sello distintivo que ahora parece ser ignorado. Por ejemplo, qué sería de la pasta italiana sin el tomate o el chocolate belga sin el cacao, los guisos que tienen a la papa como elemento central o el tabaco al que rápidamente se hicieron aficionados los ciudadanos europeos y que llegó a ser un símbolo de distinción, por citar algunos casos.

América no descubrió a Europa porque era un continente autosuficiente con gran variedad de vegetales, animales, minerales, ecosistemas exuberantes y sin posibilidad de ser agotadas, en su momento, sin embargo, el nuevo mundo sí cautivó y la conquistó al viejo mundo al que imprimió un sello que difícilmente podrá borrarse porque está imbricado ya en la cultura occidental.

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Panorama Académico

Cultura para la paz

Redacción

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Por Laura Gemma Flores

Si bien la historia de la humanidad ha sido construida a base de una dialéctica de grupos étnicos, naciones, países, polos de desarrollo y guerras intestinas que han configurado la cartografía actual; el contexto contemporáneo exige el análisis y la capacidad de resolución de los conflictos y los desacuerdos mediante arreglos y soluciones que permitan el desarrollo de los actores involucrados sin menoscabo de su integridad física, psicológica y emocional.

Las migraciones, el desarrollo de los pueblos, la explotación de unas naciones por otras y los intereses individuales y de naciones han generado el holocausto y los horrores de las invasiones, el terrorismo y el abuso de poder.

Es por ello que en el marco de las políticas públicas y la educación es urgente crear programas y soluciones que abonen en el campo de la resolución pacífica de los problemas, pugnando por el desarrollo humano reconociendo tipos de soluciones para erradicar la inseguridad, las violencias, la corrupción, la exclusión, las injusticias, los abusos de autoridad, el estrés, la pobreza, el desplazamiento y la destrucción del medio ambiente entre otras muchas realidades.

El tratamiento del conflicto a través del estudio del patrimonio tangible e intangible, el desarrollo humano, el arte, la ética, la filosofía, la psicología y las humanidades en sí, es urgente para el logro de la paz. Esto implica el estudio y análisis profundo de la cultura y la estructura social para develar dónde se origina el conflicto y buscar, desde el derecho, la economía, la historia y en sí de las áreas multidisciplinares la mejor forma de tratarla y prevenirla.

Todas las ciencias y las disciplinas de estudio han nacido de una necesidad, y la necesidad actual es estudiar desde dónde viene la violencia, cómo se manifiesta, para qué y cuáles son los métodos para atenuarla, re dirigirla, re conformarla y erradicarla en su totalidad o en parte aun cuando sea paulatinamente.

Corresponde a la sociedad y sus diversos sectores buscar la forma de acercarse a ella desde una perspectiva propositiva, trasversal y dialéctica para asumirla como problema real y complejo a tratar.

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Panorama Académico

Un dato relevante sobre la Independencia de México

Redacción

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Por Martín Escobedo Delgado

¿Por qué los mexicanos excluimos de nuestro calendario cívico el 27 de septiembre de 1821 y al artífice de la Independencia de México, Agustín de Iturbide?

Los países de habla hispana pertenecientes al continente americano, excepto México, rinden homenaje a sus libertadores. Chile, Argentina, Perú y Colombia —sólo por mencionar algunos ejemplos— celebran a sus respectivos libertadores: Simón Bolívar, José de San Martín y Bernardo O’Higgins, no obstante, en México se honra a quien inició la insurgencia: Miguel Hidalgo. ¿Por qué los mexicanos no ensalzan a su libertador?, ¿por qué para los mexicanos el 27 de septiembre no ha sido una fecha significativa?

Después de que Iturbide logró un gran consenso que derivó en la consumación de la Independencia de México, se le reconoció como Padre de la patria. En los últimos meses de 1821, numerosas publicaciones calificaron al militar como “El nuevo Moisés”, “El rayo de Júpiter”, “La antorcha luminosa del Anáhuac”, “El salvador de la nación”, “El héroe invictísimo” y “El inmortal Libertador”. No había duda: gracias a su astucia política y a su capacidad negociadora, Iturbide había roto las inefables cadenas con las que España subyugaba a México. Por esta hazaña sin parangón, debía rendírsele homenaje y reconocérsele como Libertador.

Sin embargo, al poco tiempo de haberse instaurado el Imperio, se publicó en Filadelfia un libro titulado Bosquejo ligerísimo de la Revolución de México, desde el grito de Iguala, hasta la proclamación imperial de Iturbide, por un verdadero americano, cuya autoría correspondió al guayaquileño Vicente Rocafuerte. La obra mencionada tuvo como principal objetivo denigrar la figura de Iturbide, y vaya que lo logró, porque, posteriormente diversos escritores se basaron en este texto para relatar el proceso de la consumación de la Independencia de la Nueva España otorgándole a Iturbide un rol deleznable, por decir lo menos.

Cuando se refiere al libertador, en una parte de su Bosquejo ligerísimo, Rocafuerte escribió: Iturbide es el “[…] vil americano que ha intentado usurpar la dominación del septentrión, y por lo medios que lo ha conseguido.

Sanguinario, ambicioso, hipócrita, soberbio, falso, verdugo de sus hermanos, perjuro, traidor a todo partido, connaturalizado con la intriga, con la bajeza, con el robo y con la maldad; nunca ha experimentado una sensación generosa; ignorante y fanático, aún no sabe lo que es patria, ni religión, entregado al juego y a las mujeres cuando no está empleado en alguna maldad, sólo se complace en el vicio; sólo tiene por amigos a los hombres más prostituidos, a los más jugadores, a los más infamados por su inmoralidad […]”. Es decir, para Rocafuerte don Agustín de Iturbide era el ser más mezquino de la nueva nación.

Desafortunadamente, esta idea ha prevalecido a través de los años, de tal suerte que en nuestro país la consumación de la Independencia es una fecha anodina e Iturbide un hombre despreciable. No así el 16 de septiembre ni el artífice de “el grito de Dolores”.

Este breve escrito no pretende desaparecer del calendario cívico la celebración que, año con año, los mexicanos realizamos el 16 de septiembre, pero sí concientizar a quienes lo lean para que luchen, luchemos, por incorporar a nuestra agenda de conmemoraciones el 27 de septiembre y, de paso, restituirle el crédito de libertador de México a don Agustín de Iturbide.

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