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Panorama Académico

Traducción, interpretación y discriminación lingüística

Redacción

Publicado

en

Por Anna María D’Amore

Hace unos meses, la Fundación Italia Morayta publicó el Estudio de encuesta sobre la traducción y la interpretación en México 2017[i], en el que presenta información sobre “la magnitud y diversidad que existe hoy en día en el campo de la traducción y la interpretación en nuestro país”, gracias a la participación de más de mil traductores e intérpretes de lenguas indígenas nacionales, lenguas extranjeras y lenguaje de señas, quienes respondieron la encuesta desde todos los estados de la república mexicana. Entre los datos arrojados sobre la formación, profesionalización, condiciones laborales e ingresos de los traductores e intérpretes en este país, emergen algunos números alarmantes, síntomas de la discriminación lingüística.

En los países “desarrollados”, la profesionalización de la traducción e interpretación avanza en varias instancias. Mientras a fin de garantizar la calidad de servicios, estos esfuerzos hacia la estandarización del trabajo del traductor e intérprete son más que legítimos y definitivamente necesarios en el mundo “occidental” actual, las circunstancias en otros países exhiben una realidad muy diferente: la traducción y la interpretación se ejercen de manera precaria. No hay escape de la interacción de universos diversos debido al éxodo y reubicación masivos de refugiados políticos y económicos. Aunque hace cinco siglos las olas de migración iban en sentido opuesto, es decir, no eran los expropiados quienes llegaban a tierras desconocidas sino los conquistadores, emisarios de los grandes imperios, de igual manera estos encuentros necesitaban mediación lingüística; también su orientación eurocentrista les dio un sello distintivo.

En la época de la Nueva España, así como en nuestros días, hubo diversas acciones y legislaciones encaminadas a formar traductores e intérpretes y a regular su trabajo. Sin embargo, esto no significó siempre que los intérpretes fueran “profesionales” o que hubieran recibido la formación adecuada, ni tampoco que se reconociera la labor de los traductores e intérpretes de lenguas indígenas o que siempre hubiera alguna remuneración de por en medio. Incluso, los primeros discípulos indígenas de los franciscanos fueron tomados por la fuerza, y las siguientes generaciones traductores e intérpretes (alumnos del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, que fungía como formador de traductores, consultores lingüísticos, copistas e informantes indígenas) pasaron por un proceso de reclutamiento que difícilmente se podría describir como voluntario, ya que Cortés ordenó a los indios que recibieran a los frailes y les entregaran a sus hijos para educarlos.

Además de estos métodos impositivos de formación de traductores e intérpretes, ya en el ejercicio de la profesión, notamos otro tipo de discriminación, evidenciado por la insistencia de las Leyes de Indias acerca de que los intérpretes no debían aceptar pagos extra de los indios y la especificación de que éstos debían llevar “un amigo cristiano” (Ley xii), es decir, alguien en quien los españoles pudieran confiar, para asegurar que el intérprete no omitiera ni agregara algo. Esta desconfianza manifiesta como discriminación lingüística y cultural es reflejo de la desigualdad de la época y tiene cierta lógica: la traducción e interpretación no se ejercían en un contexto fronterizo comercial ni como resultado de movimientos migratorios como los conocemos hoy en día, sino en un contexto de choque cultural, resultado de un conflicto bélico, entre conquistadores y conquistados.

Así como sucedía en la Nueva España, en la actualidad no siempre se requiere de la traducción e interpretación en contextos fronterizos. La realidad multilingüe de un país como México requiere de traductores e intérpretes expertos en las lenguas originarias nacionales, no solamente en el español y lenguas extranjeras. Para quienes traducen las lenguas originarias de México, ¿qué tanto ha mejorado la situación en cuanto a la valoración del trabajo y en cuanto a la discriminación y el trato desigual? Según el estudio de la Fundación Italia Morayta, en el ejercicio de la traducción e interpretación en México, “La disparidad entre lenguas indígenas y extranjeras es abismal”; basta ver unas cuantas cifras para ilustrar esta declaración:

  • Casi la mitad (47.26%) de los intérpretes de lenguas indígenas no obtiene ninguna remuneración por su trabajo mientras que, en el caso de intérpretes de lenguas extranjeras, esta cifra es de 8.51%;
  • mientras menos del 4% de los traductores que trabajan con una o más lenguas extranjeras declara no obtener ningún ingreso de la traducción, casi el 30% de los intérpretes de lenguas indígenas trabaja sin remuneración alguna;
  • sólo el 11.64% de los intérpretes que trabajan con alguna lengua indígena obtiene el 80% o más de sus ingresos de la interpretación, mientras 41.84% de los intérpretes de lenguas extranjeras asegura obtener entre 80 y 100 por ciento de su ingreso de su trabajo como intérpretes; y
  • entre quienes indicaron que se dedican principalmente a la traducción de lenguas indígenas, ni siquiera el 15% obtiene más del 80% de su ingreso de la traducción, en contraste con casi 40% (39.84%) de los traductores que trabajan con alguna lengua extranjera.

Si en términos generales se observa una minusvaloración del trabajo de los traductores e intérpretes, al tratarse de quienes trabajan con lenguas originarias en México, la situación es aún más extrema. En esta época globalizada ya no se pide la validación de “un amigo cristiano” en el ejercicio profesional, pero se encuentra el equivalente actualizado de los requisitos extravagantes establecidos en las Leyes de Indias en las certificaciones profesionales, otorgadas a cambio de tarifas en ocasiones exorbitantes por instancias internacionales globalizadas, que a duras apenas reconocen a las lenguas originarias. Persiste la desigualdad y la discriminación lingüística.

[i] http://italiamorayta.org/wp-content/uploads/2017/09/ENCUESTAS.pdf

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Panorama Académico

12 de octubre, un hallazgo de dos mundos

Redacción

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Por Víctor Manuel Chávez Ríos.

El 12 de octubre de 2018 se conmemoran 526 años del descubrimiento oficial de América, con la llegada de la flota a cargo de Cristóbal Colón a la isla de San Salvador. El término empleado es conmemoración porque algunos festejan con bombo y platillo este lapso y otros se sienten agredidos y apesadumbrados con ella, para no herir susceptibilidades se emplea este término a lo largo de este artículo.

Por principio de cuentas es necesario referirse a lo que se afirma de manera oficial sobre el descubrimiento, ya que existen evidencias de desembarcos vikingos en el extremo norte de América, pero no fueron documentados ni oficializados por la cultura nórdica, quizá fueron sólo naufragios o extravíos de estos grupos de hombres en su afán de conquistar el norte de Europa, pero esto sería tema para otro artículo.

El descubrimiento de América en 1492 fue accidental, en realidad la expedición patrocinada por los reyes católicos, Isabel y Fernando, buscaba encontrar una vía más corta para poder comerciar con el oriente lejano en Europa central, pues los viajes de Marco Polo eran evidencia del éxito de este tipo de expediciones. Esta monarquía española logró el acuerdo con el Vaticano de que los territorios formarían parte de la reconquista morisca y tanto las tierras como los humanos que en ellas habitaran, estarían sujetos a ser evangelizados en la fe católica lo que le daba un salvoconducto nunca antes otorgado a ninguna corona europea.

Hasta donde se sabe Cristóbal Colón no se dio cuenta de la importancia de su fortuito descubrimiento, aunque realizó tres viajes no supo la dimensión del encuentro que se estaba generando en ese momento. Las evidencias de estas expediciones fueron recibidas con asombro, pero se ignoraba que era un nuevo continente, se infería que podía tratarse de islas cercanas a la India y por eso se denominó a los aborígenes: indígenas.

A finales del siglo XV Europa era un territorio agotado en cuanto a la explotación agrícola, ganadera y minera que se evidenciaba en una crisis, tanto de pensamiento como religiosa, económica y social. El Renacimiento como movimiento filosófico y artístico desencadenaba anhelos y pensamientos nunca antes expresados por los europeos, el lugar central de Dios había sido ocupado por el hombre, el cuerpo cubierto durante toda la Edad Media, se desnudaba en las esculturas y pinturas de los artistas italianos y se plasmaba en las bóvedas de las capillas y en los muros de las iglesias.

El pensamiento renacentista dudaba de la creencia que la tierra fuera plana y promovía las expediciones, pero sobre todo motivaba la aventura de los viajes y lograr reconocimiento a esta labor. Cuando la corona española recibió la propuesta de Colón sus arcas estaban vacías por el costo de la reconquista del sur de España para arrancársela a los moros, por tanto, era tentadora la oferta, pero para lograr realizarla era necesario encontrar un apoyo más solvente y el Vaticano resultó ser el aliado perfecto, ya que en esta opción tenía una salida viable para aumentar sus adeptos en otras latitudes.

Europa trajo aportaciones sustanciales para el territorio americano, la cultura occidental se imponía a los naturales mediante la superioridad técnica y el nulo conocimiento de ésta, debió haber sido terrorífico conocer el estruendo de la pólvora, las armaduras metálicas y el empleo de los caballos como armas de asalto. Pero también debió haber sido apabullante conocer un Dios omnipotente y omnipresente que no exigía tributos de sangre y lo perdonaba todo, incluyendo a los conquistadores.

América contribuyó con una gama de posibilidades para Europa, por principio reactivó la economía europea con el flujo de mercancías americanas y el mercadeo de ellas. Sin embargo, estos objetos se fueron integrando a la cultura de las naciones del viejo continente hasta formar un sello distintivo que ahora parece ser ignorado. Por ejemplo, qué sería de la pasta italiana sin el tomate o el chocolate belga sin el cacao, los guisos que tienen a la papa como elemento central o el tabaco al que rápidamente se hicieron aficionados los ciudadanos europeos y que llegó a ser un símbolo de distinción, por citar algunos casos.

América no descubrió a Europa porque era un continente autosuficiente con gran variedad de vegetales, animales, minerales, ecosistemas exuberantes y sin posibilidad de ser agotadas, en su momento, sin embargo, el nuevo mundo sí cautivó y la conquistó al viejo mundo al que imprimió un sello que difícilmente podrá borrarse porque está imbricado ya en la cultura occidental.

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Panorama Académico

Cultura para la paz

Redacción

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Por Laura Gemma Flores

Si bien la historia de la humanidad ha sido construida a base de una dialéctica de grupos étnicos, naciones, países, polos de desarrollo y guerras intestinas que han configurado la cartografía actual; el contexto contemporáneo exige el análisis y la capacidad de resolución de los conflictos y los desacuerdos mediante arreglos y soluciones que permitan el desarrollo de los actores involucrados sin menoscabo de su integridad física, psicológica y emocional.

Las migraciones, el desarrollo de los pueblos, la explotación de unas naciones por otras y los intereses individuales y de naciones han generado el holocausto y los horrores de las invasiones, el terrorismo y el abuso de poder.

Es por ello que en el marco de las políticas públicas y la educación es urgente crear programas y soluciones que abonen en el campo de la resolución pacífica de los problemas, pugnando por el desarrollo humano reconociendo tipos de soluciones para erradicar la inseguridad, las violencias, la corrupción, la exclusión, las injusticias, los abusos de autoridad, el estrés, la pobreza, el desplazamiento y la destrucción del medio ambiente entre otras muchas realidades.

El tratamiento del conflicto a través del estudio del patrimonio tangible e intangible, el desarrollo humano, el arte, la ética, la filosofía, la psicología y las humanidades en sí, es urgente para el logro de la paz. Esto implica el estudio y análisis profundo de la cultura y la estructura social para develar dónde se origina el conflicto y buscar, desde el derecho, la economía, la historia y en sí de las áreas multidisciplinares la mejor forma de tratarla y prevenirla.

Todas las ciencias y las disciplinas de estudio han nacido de una necesidad, y la necesidad actual es estudiar desde dónde viene la violencia, cómo se manifiesta, para qué y cuáles son los métodos para atenuarla, re dirigirla, re conformarla y erradicarla en su totalidad o en parte aun cuando sea paulatinamente.

Corresponde a la sociedad y sus diversos sectores buscar la forma de acercarse a ella desde una perspectiva propositiva, trasversal y dialéctica para asumirla como problema real y complejo a tratar.

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Panorama Académico

Un dato relevante sobre la Independencia de México

Redacción

Publicado

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Por Martín Escobedo Delgado

¿Por qué los mexicanos excluimos de nuestro calendario cívico el 27 de septiembre de 1821 y al artífice de la Independencia de México, Agustín de Iturbide?

Los países de habla hispana pertenecientes al continente americano, excepto México, rinden homenaje a sus libertadores. Chile, Argentina, Perú y Colombia —sólo por mencionar algunos ejemplos— celebran a sus respectivos libertadores: Simón Bolívar, José de San Martín y Bernardo O’Higgins, no obstante, en México se honra a quien inició la insurgencia: Miguel Hidalgo. ¿Por qué los mexicanos no ensalzan a su libertador?, ¿por qué para los mexicanos el 27 de septiembre no ha sido una fecha significativa?

Después de que Iturbide logró un gran consenso que derivó en la consumación de la Independencia de México, se le reconoció como Padre de la patria. En los últimos meses de 1821, numerosas publicaciones calificaron al militar como “El nuevo Moisés”, “El rayo de Júpiter”, “La antorcha luminosa del Anáhuac”, “El salvador de la nación”, “El héroe invictísimo” y “El inmortal Libertador”. No había duda: gracias a su astucia política y a su capacidad negociadora, Iturbide había roto las inefables cadenas con las que España subyugaba a México. Por esta hazaña sin parangón, debía rendírsele homenaje y reconocérsele como Libertador.

Sin embargo, al poco tiempo de haberse instaurado el Imperio, se publicó en Filadelfia un libro titulado Bosquejo ligerísimo de la Revolución de México, desde el grito de Iguala, hasta la proclamación imperial de Iturbide, por un verdadero americano, cuya autoría correspondió al guayaquileño Vicente Rocafuerte. La obra mencionada tuvo como principal objetivo denigrar la figura de Iturbide, y vaya que lo logró, porque, posteriormente diversos escritores se basaron en este texto para relatar el proceso de la consumación de la Independencia de la Nueva España otorgándole a Iturbide un rol deleznable, por decir lo menos.

Cuando se refiere al libertador, en una parte de su Bosquejo ligerísimo, Rocafuerte escribió: Iturbide es el “[…] vil americano que ha intentado usurpar la dominación del septentrión, y por lo medios que lo ha conseguido.

Sanguinario, ambicioso, hipócrita, soberbio, falso, verdugo de sus hermanos, perjuro, traidor a todo partido, connaturalizado con la intriga, con la bajeza, con el robo y con la maldad; nunca ha experimentado una sensación generosa; ignorante y fanático, aún no sabe lo que es patria, ni religión, entregado al juego y a las mujeres cuando no está empleado en alguna maldad, sólo se complace en el vicio; sólo tiene por amigos a los hombres más prostituidos, a los más jugadores, a los más infamados por su inmoralidad […]”. Es decir, para Rocafuerte don Agustín de Iturbide era el ser más mezquino de la nueva nación.

Desafortunadamente, esta idea ha prevalecido a través de los años, de tal suerte que en nuestro país la consumación de la Independencia es una fecha anodina e Iturbide un hombre despreciable. No así el 16 de septiembre ni el artífice de “el grito de Dolores”.

Este breve escrito no pretende desaparecer del calendario cívico la celebración que, año con año, los mexicanos realizamos el 16 de septiembre, pero sí concientizar a quienes lo lean para que luchen, luchemos, por incorporar a nuestra agenda de conmemoraciones el 27 de septiembre y, de paso, restituirle el crédito de libertador de México a don Agustín de Iturbide.

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