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Vida en equilibrio

Somos hijos de las crisis

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Estamos tan habituados a la palabra crisis que a estas alturas de la vida es difícil distinguir los efectos negativos y positivos que puede traer el vivir momentos complicados o situaciones que no estaban previstas.

Desde el ámbito económico pasando por lo social, la política, el comercio y hasta el clima, la humanidad  vive inmersa  en cambios cada vez más frecuentes y esto afecta querámoslo o no, a nuestra persona.

Nuestro instinto más primario es el de sobrevivencia, por eso, cuando sentimos que viene un momento difícil, lo primero que pensamos es cómo vamos a salir de esa situación, que estrategia debemos tomar y cuáles opciones tenemos para salir lo menos lastimados de cualquier obstáculo que se nos presente en el camino.

Lo primero que traemos a la mente es cubrir nuestras necesidades primarias y poco o nada pensamos en cómo sacar la mejor ventaja de un escenario no muy alentador.

Pero, ¿Qué tal si hacemos un esfuerzo por ver las oportunidades que trae consigo una crisis? ¿Qué tal si dejamos por un momento el estrés de la emergencia y la aprensión por lo económico?

Tal vez si abrimos nuestros ojos más allá de lo evidente podemos vislumbrar nuevos horizontes, otras luces aún dentro de la oscuridad que nos permitan enriquecer la experiencia vivida y nos coloquen en otro escalón lejos de la ansiedad y el estrés que produce encontrarnos frente a la expectativa de lo que pasará.

Aceptémoslo, somos hijos de las crisis y éstas son como un parto. Contracciones sí, pero después vienen la apertura. Nacemos entre lágrimas, unas de dolor y otras de emoción  por ver un nuevo comienzo y una nueva luz que nos guíe hacia nuevas experiencias.

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Ser feliz NO es mi meta

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Así tal cual lo digo y lo confieso. La felicidad para mí no es una meta que tenga fijada en mi vida.

La vida es muy corta como para estar “preocupados” por alcanzar todos y cada uno de nuestros sueño y anhelos más preciados.  Es desgastante y a veces hasta angustiante estar cuestionándonos si somos felices o no y más en estos días en que la industria de la felicidad genera millones y millones de pesos y que “estandariza” el concepto de lo que debe ser la felicidad, el éxito y el bienestar.

A ver, vamos viendo esto por partes: si dejamos a un lado las pre concepciones que cargamos acerca de lo que debe ser, cómo deber ser y cuándo debe ser. Si quitamos las etiquetas y los juicios acera de lo que conocemos hasta el día de hoy. Si vemos las cosas desde una perspectiva diferente hacia nuestras propias existencias, si entablamos un diálogo interno para preguntarnos qué cosas nos hacen sentir mejor, les aseguro que encontraríamos el camino más sencillo y sin atajos para la plenitud de nuestro ser.

Las metas son objetivos que debemos plantearnos para alcanzar logros. La felicidad en cambio, estaría presente a lo largo de ese camino que nos hemos trazado andar y no como un logro más que necesitemos cumplir. La felicidad no es un estado de ánimo, tampoco un trofeo inalcanzable. La plenitud del ser brota de forma natural desde lo más profundo de la persona, desde la coherencia con la vivas y sobre todo, del goce natural que experimenta cualquiera  al  abrir los sentidos y el corazón hacia todo lo vivido.

El camino a la felicidad entonces se convierte en el camino por sí mismo, con sus desventuras y sus obstáculos;  con sus éxitos y fracasos; con las metas realizadas y los planes frustrados ; con la persona que eres y quien te acompaña en este viaje desde que naces hasta el día en que cierras tus ojos a la vida.

Así que no, NO es mi meta ser feliz, es mi día a día lo que va construyendo mi felicidad.

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Vida en equilibrio

Bienvenidos a era de la hipersensibilización

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El uso de las redes sociales en nuestras vidas nos permite tener acceso instantáneo  a un sinfín de eventos noticiosos y hechos que suceden en cualquier parte de este planeta. Además de ser testigos oculares también podemos expresar nuestra opinión ya sea a favor o en contra de quien esté generando la noticia.

Sin embargo, esta nueva modalidad en nuestras vidas socialmente digitales, la de no sólo observar un televisor, leer un periódico o escuchar el radio, sino de ser actores activos de lo que pasa a nuestro alrededor (física y digitalmente) nos ha llevado a romper con el paradigma de espectador, el que lee, escucha y calla. Hemos traspasado una frontera antes impensable de romper.

Al contrario de lo que muchos pudieran opinar yo soy creyente de que esta nueva era de la redes digitales resulta benéfica no sólo para estar al tanto de lo que sucede allá afuera, resulta mucho más interesante tener una herramienta para documentar, evidenciar y emitir opiniones acerca de temas que consideremos relevantes en nuestras vidas.

Sin embargo, como todo “nuevo poder” es indispensable responsabilizarnos y hacer un uso ético y civilizado. Aquí es donde sale a escena la hipersensibilización en el ánimo de las personas y sus comentarios, juicios, críticas y escarnio público. Cada vez es más frecuente (por no decir diario) toparnos con temas trending sobre alguna declaración formulada por un personaje famoso o popular seguido de una verdadera cacería de brujas digna de una escena de las Brujas de Salem.

Resulta peculiar pensar que por muchos años la sociedad buscaba la tolerancia y el respeto hacia temas delicados o controversiales, donde el objetivo era dejar de polarizar y llegar a un entendimiento entre distintos grupos sociales. Incluso ahora vamos navegando con la bandera de “soy tolerante, incluyente y respeto a los demás” ufanándonos de nuestro pensamiento abierto y moderno. Ajá.

Sólo es cuestión de ver por ahí un comentario o una tendencia de “los demás” para subirnos al tren de la crítica y hasta la violencia del lenguaje, total, detrás de mi pantalla estoy a salvo. Ya ni nos tomamos la molestia de indagar cuál fue el contexto o el origen de la noticia, simplemente  nos dejamos ir como hilo de media atascando las redes de comentarios poco afortunados y que sólo sacan a la luz nuestro YO más oscuro y frustrado.

Bienvenidos a la era de la HIPERSENSIBILIDAD donde condenamos, descalificamos e insultamos a diestra y siniestra. Donde cualquier tema se puede usar en contra no sólo de quien lo emite, también se usa para tergiversarlo y usarlo en contra de intereses que van más allá de lo obvio, pues muchas veces (se sorprenderían cuantas) hay intereses (económicos, políticos, sociales y hasta morales)  mucho más grandes que usan el enojo y el hartazgo de la gente para llevar agua a su molino.

Me quedo con la frase del filósofo, abogado y uno de las principales figuras de la Ilustración, Voltaire: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida el derecho que tienes para expresarlo”

Tu opinión es válida y necesaria para estos tiempos, úsala con responsabilidad.

 

 

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¿Se puede escalar el Everest sin preparación? Nadir Dendoune dice que sí

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Practicar el alpinismo es sin duda una de las experiencias deportivas que conllevan  un esfuerzo físico y una preparación sumamente dura. Hay personas que dedican toda una vida a esta práctica y pocos son los que logran llegar hasta la cima del Everest, el punto más alto del planeta tierra.

Años de preparación física  y mental es lo que la mayoría de los que han logrado llegar a lo más alto necesitan para vencer los retos que se encuentran en una de las montañas que más vidas cobra año con año. Sin embargo, la historia de Nadir Dendoune vino a cambiar el paradigma totalmente.

“La montaña es un deporte de blancos, burgués. Quería ir a donde no me esperaban”.

El acto de rebeldía de Nadir se convirtió en una hazaña que lo convertiría en la primera persona  franco-argelino en escalar  los 8,848 metros del Everest y lo mejor, sin preparación previa.

Su familia emigró de Argelia en los años 50’s para finalmente establecerse en Saint-Denis, una región situada cerca de París y con una población de 100 mil habitantes. Nadie se imaginaría lo que un chico salido de un barrio de clase media podría lograr.

Antes de embarcarse en la aventura de la montaña, en la década de los noventa, Dendoune se lanzó a Australia en un viaje de 3 meses y 3 mil kilómetros en bicicleta. Seducido por el país, más tarde regresaría  a Syndey, conseguiría la ciudadanía australiana y viviría ahí hasta el 2001.

La motivación del francés, quien también conserva la nacionalidad argelina, fue enfrentar los prejuicios hacia las personas de origen musulmán. “Nosotros los árabes, nos destacamos en el mejor de los casos como futbolistas o raperos, en el peor de los casos como traficantes pero nunca como el bailarín estrella o el director de una película” expresó Nadir en entrevista con medios locales.

“No soy un ejemplo, sino una excepción” ha dicho el también periodista independiente, quien  admitió haber mentido en los cuestionarios previos para poder inscribirse en el grupo de alpinistas que lo acompañarían en la excursión. Se había trazado una meta y no dejaría que nada ni nadie lo alejaran de su objetivo. Consiguió patrocinios para poder cubrir los gastos y finalmente se embarcó en la aventura.

Allá arriba, no sólo se enfrentó a los obstáculos de la montaña, también enfrentó el racismo. “Por parte de los alpinistas, sentí un desprecio real. Y todo ese desprecio que sufrí en Francia volvió a mi rostro. Es la furia lo que me hizo llegar a la cima” afirma Nadir, quien finalmente hizo historia el 25 de mayo de 2008 al llegar al punto más alto que existe sobre  este planeta.

Después de haber estado en el  “techo del mundo”, el francés de origen argelino continuó con su carrera de periodista independiente y defensor de la causa palestina. En el 2013 fue arrestado en Irak, acusado de tomar fotografías en un lugar prohibido. Las redes sociales y el pueblo francés en general ejercieron presión para que lo dejaran libre.

Es autor de cuatro libros en los que se encuentra “Un Tocard en el Techo del Mundo”, escrito en 2010 y que ha servido como base para el guión de la película original de Netflix “El Ascenso”.

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