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Panorama Académico

Conmemoración del 64 aniversario del derecho al sufragio femenino en México

Redacción

Publicado

en

Por Emilia Recéndez Guerrero

Este 17 de octubre de 2017, se conmemoró el 64 aniversario de la obtención del derecho de las mexicanas al sufragio universal. La lucha de ellas, para alcanzar el derecho a la ciudadanía y tener el derecho de sufragio: votar y ser votas para ocupar cargos de representación pública ha sido larga. Sus antecedentes más remotos pueden ubicarse durante la Revolución Francesa cuando las mujeres acompañaron a los hombres en la lucha para derrocar a la monarquía, tratando de alcanzar igualdad y mejores condiciones de vida.

Sin embargo, una vez que la Revolución termino, los varones se olvidaron de ellas y no las incluyeron en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, por lo cual Olimpia de Gouges escribió posteriormente la Declaración de los Derechos de las mujeres.

En el caso de México sucedió algo semejante, en la lucha por arribar a una sociedad más igualitaria, las mujeres fueron a la guerra junto con los hombres, tanto en la Independencia como en la Revolución Mexicana, y al igual que en Francia, una vez que el conflicto terminó, para ellas no hubo igualdad, sus derechos no fueron los mismos que para los hombres. Ellos obtuvieron el derecho al sufragio y ellas debieron esperar, hacer peticiones, manifestaciones, solicitudes, una y otra vez, hasta lograrlo en 1953.

Algunos piensan que dicho logro, fue una graciosa concesión que hizo el presidente Adolfo Ruiz Cortines para cumplir sus promesas de campaña, por supuesto que no, las mexicanas desde 1916, hicieron las primeras peticiones para ser consideradas igual que los varones. Así, los antecedentes más remotos se tienen en Yucatán donde el gobernador Felipe Carrillo Puerto apoyó la petición de las mujeres, y, en 1923, concedió el derecho para que ellas participaran en las elecciones donde fueron electas tres diputadas al congreso estatal: Elvia Carrillo Puerto, Raquel Dzib y Beatriz Peniche, además de Rosa Torre, quien fue electa como regidora por Mérida. Desafortunadamente, duraron muy poco tiempo en sus cargos, ya que en 1924, Felipe Carrillo Puerto fue asesinado y ellas fueron destituidas.

Otros antecedentes se localizan en San Luis Potosí, donde en 1924, les dieron el derecho al voto municipal y en 1925 al estatal, aunque sin ninguna repercusión, porque al siguiente año lo quitaron de la Constitución estatal. Chiapas fue otro de los estados donde en 1925 se decretó que las mujeres podrían votar.

Uno de los presidentes considerados entre los más democráticos de México, me refiero a Lázaro Cárdenas del Río, envío ante la legislatura en 1937, una iniciativa para que se modificará el artículo 34 Constitucional a fin de que se permitiera a las mujeres el derecho al sufragio, ambas cámaras lo consideraron muy pertinente, sin embargo, no fue ratificado y la oportunidad se desvaneció.

Las mujeres continuaron en su lucha desde diversos frentes. En febrero de 1947 siendo presidente Miguel Alemán Valdés, las mujeres lograron un primer paso hacia su meta porque en el Diario Oficial, el presidente decretaba una reforma al artículo 115 Constitucional, donde se permitía a las mujeres votar en las elecciones municipales. A la distancia, suena absurdo, que a cuenta gotas, los hombres del poder, fueron dando esas concesiones a las mujeres, cuando era un derecho que se habían ganado al igual que ellos en la lucha por la igualdad.

El 9 de diciembre de 1953 el presidente Adolfo Ruiz Cortines envió su iniciativa de ley al Congreso de la Unión, para que se aprobará el derecho de las mujeres al sufragio, derecho que se ejerció a nivel municipal en 1954 y a nivel federal en 1955. Muchas mujeres cuyos nombres quedaron en el olvido fueron las artífices de ese derecho, que en el presente nosotras, mujeres del siglo XXI, ejercemos, aprovechémoslo, lo más sabia y prudentemente que se pueda, se acercan las elecciones presidenciales en 2018. Finalmente, un libro muy recomendado para un estudio más amplio y profundo sobre el tema es el de Contra viento y marea, autoría de Anna Macías, editorial UNAM.

La agudeza informativa que usted merece para estar bien informado. Escúchenos en 89.9FM XEPC @Sonido_Estrella #Zacatecas. Visítenos en http://porticoonline.mx

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Panorama Académico

Emerick Rodríguez, “El objeto del deseo”

Redacción

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en

Por Anne Leyniers

En ocasión de la exposición: “El objeto del deseo. Masculinidad e inclusión” organizada por la Unidad Académica de Estudios de las Humanidades de la Universidad Autónoma de Zacatecas, en colaboración con el Sistema Estatal de Museos del Instituto Zacatecano de Cultura “Ramón López Velarde”, en el marco del Festival Cultural Zacatecas 2018, que tuvo lugar del 21 marzo al 31 mayo.

Érase una vez unas historias de deseo, de amor, de recuerdo y de anhelo.

Emerick Rodríguez nos invita a un viaje en el país del deseo, del amor idealizado, revelado, recordado, disfrutado, añorado, frustrado, abandonado, escondido, declarado o celebrado. Emprendemos un paseo por su mundo interior, en un universo animado por relatos pictóricos de emociones, percepciones, sensaciones y sentimientos plasmados en la obra. Son cuerpos y rostros masculinos, expresivos o inanimados, juveniles, elegantes y alargados, depresivos y ensimismados, o impulsivos, enérgicos, explosivos, coloridos y alegres. Unos retratos de pie sin rostro y unos rostros sin cuerpo.

El artista crea un ambiente surrealista, un universo onírico, donde pinta y retoca con repintes escondidos tras unos cuerpos lánguidos, sobre fondos coloridos. El pintor interviene sus obras incorporando signos, palabras, lenguaje oculto dirigido al sujeto de inspiración, al espectador imaginario o a lo desconocido. Supersticiones o manías, son voluntades encubiertas, recuerdos disimulados, revelaciones secretas. Son cicatrices en el lienzo, escritura indescifrable, mensajes disfrazados, velados y visibles a la vez. A la manera de una anamorfosis reinterpretada, graba un mensaje y, sobre todo, deja huellas, imprime su marca discreta en la obra. Es un tatuaje en la tela, que inscribe el recuerdo emocional, el mismo que provocó el impulso creador. Puede ser una emoción positiva o una sensación negativa, pero que lo lleva a pintar el instante, a exteriorizar el acontecimiento. Escribe una palabra, a penas leíble, escondida entre los trazos, en medio de las manchas proyectadas, de los escurrimientos, los regueros y las superposiciones de materias y de pigmentos que aplica preparando el fondo abstracto que va a recibir la figura.

Como en un icono bizantino, la imagen es habitada por el espíritu, más allá de la representación estética o del objeto decorativo. Es un discurso y una presencia, entre misticismo y superstición.

Emerick necesita dejar huellas, provocar reacciones. Le gusta juguetear de la mejor manera imaginable, haciendo arte. En la obra, exhibe sus obsesiones, sus heridas y rasguños, sus deseos, sus sentimientos, sus pensamientos y sus impulsos. Hay partes visibles y otras menos. Necesitamos su lexicón hermético, pero también podemos usar nuestro vocabulario de colores, de materias, de signos e impresiones y dejarnos guiar por nuestros recuerdos y sensaciones, despertando nuestra percepción con elementos inteligibles y otros no, pero todos sensibles. Un lenguaje con múltiples posibilidades de ser leído, interpretado. Es lo propio de la comunicación artística, de no limitar al espectador a una apreciación unilateral, pero, al contrario, hacerlo copartícipe de la experiencia estética, entrelazando lo propio con lo ajeno, permitiendo una interpretación polifacética, simbiótica y compartida. No vemos todo lo dicho y, al mismo tiempo, percibimos más allá de la narración pictórica. Significante, significado, referente y receptor interactúan.

Por ejemplo, un elemento visible es el uso de la canela, barrita de sabor, bastoncito de fragancia, de color ocre suave y cálido, aroma de amor, sabor a dulzura, ramita saludable, recuerdo de ternura, sensación de pasión. La especia aromatizante para postre mexicano por excelencia.

Los temas tratados son retratos y autorretratos, corpóreos y anímicos, físicos y espirituales. Son también voluntades escondidas, recuerdos ocultos, secretos revelados con pudor. Son composiciones con un único personaje, él o el otro, entorno al objeto del deseo. A veces parece ser su propia imagen exteriorizada desde su sentimiento íntimo, otras veces evoca el reflejo del protagonista dejado impreso en su memoria sensorial. Todos pueden ser su ego y la alteridad a la vez. Narciso y su eco visual, su reflejo capturado y plasmado en el lienzo. Una mirada desde fuera y hacia dentro simultáneamente. El sobre y su contenido. El envase y la sabia. Sus modelos son jóvenes efebos. Es él, en su corporeidad felina, ágil y en movimiento, captado en el instante, el tiempo de un estiramiento, un dedo levantado al sol, un brazo apuntando al infinito, o en un ensimismamiento melancólico, alternando expresión enérgica, introspección y depresión, reflexión y estatismo, acurrucamiento, abandono, retiro, plegaria o manifestación de tristeza. Plasma, en cuerpos masculinos juveniles, de espalda, sin rostros o con rasgos apenas esbozados, unas expresiones de esplín que parecen ser capturadas al amanecer, estirándose, arqueando el cuerpo. Inspiran aire abriendo el pecho, exhalan fuego por los costados. Son seres inanimados, pensativos, ausentes, pero perceptibles, aunque en su estado de incomunicación. Están presentes porque permanecen, por su ausencia y su abandono, en la sensación provocada. Son polvo de estrellas, materialidad efímera capturada e inmortalizada en pinceladas sueltas y enérgicas.

Los personajes se desenvuelven en atmósferas envolventes, coloridas y texturizadas. Los fondos sugieren unos paisajes abstractos, libres de convenciones. Expresionismo ambiental, inmaterialidad palpable.

En un género diferente, al contrario, el pintor presenta una serie de rostros, de miradas, que son unos estudios de expresiones intensas, como unas variaciones sobre estados anímicos, pero ya no a través de la corporeidad, sino exclusivamente concentrados en la cara. Son visiones macro, acercamientos a los ojos, unos facieses y sus numerosas posibilidades de comunicar. Como un ejercicio académico reinterpretado a su manera, con sus colores, pinceladas y texturas, elabora un catálogo de emoticonos emerickianos, una semiótica visual.

Así, coinciden en la obra colores expresionistas, trazos impresionistas, técnicas mixtas, temas surrealistas, ambientes oníricos, reflejos de recuerdos, destellos de desesperanza, chispas de amor, lágrimas de desamor, pathos de abandono y resplandor de encuentro.

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La nota del día

A propósito del día del padre

Redacción

Publicado

en

Por Emilia Recéndez Guerrero

Hace unos días me preguntaba un reconocido académico de la UAZ, la razón por la cúal  las mujeres tenemos tantos festejos durante el año, mientras que ellos solo el día del padre, y mencionó los de las mujeres: el día internacional de la mujer, el día de la madre, el día de la no violencia contra las mujeres, el día del sufragio femenino. Para iniciar, le aclaré la diferencia entre festejar y conmemorar.

Y esos festejos que señaló, con excepción del día de la madre, son conmemoraciones, es hacer memoria de un hecho o un acontecimiento importante, que cambió el rumbo de vida de algunas colectividades, en esos casos los logros alcanzado por ellas, después de largas batallas con el sistema patriarcal. Pero volviendo a ellos, en estos tiempos si hay un festejo del día del padre y una conmemoración internacional por el día del hombre, fecha poco conocida y menos celebrada es el 19 de noviembre.

La influencia de la cultura Norteamérica en la cultura mexicana o de lo mexicano, es histórica, como lo son también, las múltiples medidas que desde el Estado o desde el mundo de la academia, se han tomado para blindarnos de esa influencia, sin muy buenos resultados. En este mundo globalizado, donde la economía y la mercadotecnia rigen nuestras vidas, resulta utópico querer desterrar esos patrones culturales, pues bien, el “día del padre” es uno de esos productos que nos llegaron del vecino país del norte y que vinieron para quedarse. Tenemos entonces que, el día del padre tuvo su origen en Estados Unidos y se celebró por primera ocasión el 19 de junio de 1909 cuando Sonora Samrt, decidió rendir homenaje a su padre viudo, quien se hizo cargo de sus seis hijos y los sacó adelante.

Por supuesto después de las guerras en todo país quedan muchas mujeres viudas con hijos y también los sacan adelante. Y a partir de 1929, se decretó oficialmente en Estados Unidos, celebrar el día del padre el tercer domingo de junio de cada año. La festividad fue adoptada poco a poco por otros países latinoamericanos entre ellos México.  En Europa inició celebrándose en Francia e Inglaterra, y posteriormente en otros países, en dicha fecha.

Mientras que en España, el día del padre se estableció  posteriormente y en fecha distinta allá se empezó a conmemorar el 19 de marzo de 1948, justo porque para entonces ya se celebraba el día de la madre y en las escuelas o colegios se hacían manualidades y se preparaban festejos escolares para ellas, fue entonces cuando una profesora propuso que en el día de San José, padre de Jesús, se celebrará  el día del padre y en las escuelas se elaborarán manualidades, y se prepara un festejo escolar para ellos, de esta manera el día del padre no se celebra de forma unísona en el mundo.

En cuanto al establecimiento del día internacional del hombre, es de muy reciente instauración a partir de 1992, se propuso por primera ocasión celebrarlo en Estados Unidos a fin de promover la buena salud de los varones y la igualdad de género. A partir de 1999 se decretó como fecha oficial y en 2009, se le agregó un objetivo más, el de promover modelos masculinos positivos, “no violentos”.

Indudablemente dicha promoción no ha tenido mucha difusión, y si tomamos en cuenta la que se hace desde los medios de comunicación, sobre todo en la televisión y el cine donde se promueven estereotipos de hombres fuertes, violentos, arriesgados, superficiales, la figura del padre “buen ejemplo”, queda desdibujada. Por supuesto, tanto el día de la madre como el del padre han sido sustraídos de su entorno por la mercadotecnia y la comercialización, por lo cual esta es una buena oportunidad para reflexionar sobre la adecuada celebración tanto del día del padre como de la madre.

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Panorama Académico

La recepción de la obra de José Joaquín Fernández de Lizardi en su época desde una nueva perspectiva  

Redacción

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en

Por Isabel Terán

Es bien sabido que la historia de la literatura mexicana se escribió, en su forma canónica, en el siglo XIX. Es decir, los críticos literarios decimonónicos fueron los que a través del filtro de sus intereses ideológicos y políticos, y de sus gustos estéticos, orientados en su mayor parte por la poética neoclásica y posteriormente romántica, establecieron quién era un “buen” literato o una “buena” obra literaria y nos legaron sus nombres inscritos en la historia “de bronce” de nuestra patria.

Entre los autores privilegiados que consiguieron pasar esos filtros se encuentra José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827), quien vivió y escribió en el ocaso del mundo novohispano y en los albores del México independiente. Hombre prolífico en ideas y obras, para los críticos e ideólogos decimonónicos, Lizardi representa, dejando sus veleidosas ideas políticas aparte, a un luchador que vislumbraba con optimismo lo que sería una nueva patria: el México independiente. Su voluntad de educar al pueblo, de aceptar muchas de las progresistas ideas ilustradas que proponían una nueva forma de gobierno y de sociedad basada en el bien común y en nuevos valores morales y civiles desde una perspectiva laica, coincidían perfectamente con el proyecto de nación que tanto liberales como conservadores soñaban para el recién emancipado país.

Es por eso que en las historias de la literatura mexicana Fernández de Lizardi es reconocido como el padre de la novela moderna con su señera obra El Periquillo Sarniento, el paladín del periodismo cultural y político con sus múltiples publicaciones periódicas, entre ellas la que le valió su apodo de El Pensador mexicano; el pintor del costumbrismo patrio y el lingüista que dejó testimonio del habla popular y coloquial, el intelectual que se educó a sí mismo, el moralista que trató de instruir a sus lectores sobre el nuevo papel social del “ciudadano”, y el escritor incomprendido por los literatos de su época, porque, profesionalizando por primera vez este oficio, se atrevió a vivir de él sin que la escritura fuera una actividad secundaria en su vida.

En estas mismas historias de la literatura, la imagen de Lizardi es la de un autor que se convirtió en un líder de opinión a través de sus escritos, los cuales tuvieron una amplia difusión y recepción principalmente entre el pueblo, que aunque mayormente analfabeto, gozaba y aprendía de sus obras a través de la lectura en voz alta de quienes sí sabían leer en tertulias y reuniones informales.

Y esta imagen del Pensador mexicano es la que ha pervivido hasta nuestros días, a pesar de que desde mediados del siglo XX los investigadores literarios se han preocupado por estudiar más a fondo la literatura novohispana y de poner en duda los juicios de los críticos decimonónicos, a la par que han rescatado obras que por entonces se desconocían, contando hoy con un panorama mucho más amplio y preciso de la producción literaria virreinal que ofrece una situación muy distinta a la plasmada por los historiadores del siglo XIX. Sin embargo, los frutos de estos esfuerzos suelen quedarse en escritos para académicos que difícilmente llegan al gran público.

Un ejemplo de cómo esta imagen tradicional queda en entredicho a partir de nuevos conocimientos es el caso de un descubrimiento documental, el cual pese a que no habla de literatura ni específicamente de Fernández de Lizardi, plantea a los investigadores literarios una nueva perspectiva sobre la recepción de su obra que pone en crisis esa imagen decimonónica que hemos descrito.

La investigadora norteamericana Linda Arnold descubrió hace algunos años en el Archivo General de la Nación un expediente con una disputa mercantil que se dirimió en 1820 entre el impresor Alejandro Valdés y un personaje prácticamente desconocido de nombre José Manuel Palomino. Valdés se queja de haber impreso el segundo tomo de la novela La Quijotita y su prima de Lizardi, y Palomino, que había firmado como fiador de éste un pagaré comprometiéndose a liquidar el monto de la impresión en caso de que Lizardi no lo hiciera, se defiende argumentando que Valdés tendría que demandar al Pensador mexicano y no a él, dado que era el primer deudor obligado.

Para comprender mejor esta situación hay que explicar que durante el virreinato hubo varias estrategias para costear la impresión de un libro: una era mediante el mecenazgo, es decir, el autor de una obra conseguía un patrocinador que pagara la impresión a cambio de ejemplares para él y sus amigos y de una apologética dedicatoria que agradecía su generosidad; otra, que se implementó ya bien entrado el siglo XVIII, era mediante el sistema de suscripción: el autor de una obra anunciaba de qué se trataba y cómo sería impresa y encuadernada en una publicación periódica, aclarando que para imprimirla necesitaba un número determinado de interesados a los que se les solicitaba el pago por adelantado de su ejemplar; por último, estaba la que al parecer utilizó Fernández de Lizardi en el caso de La Quijotita y su prima. Esta estrategia consistía en solicitar a un impresor que costeara la impresión de una obra a cuenta de las ganancias de su venta, para lo cual se necesitaba, como en el caso aquí descrito, un aval por si la obra no llegara a venderse como se esperaba.

Y es precisamente esto lo que al parecer sucedió: Lizardi contaba con repetir el éxito de su primera novela, lo cual no resultó así, de modo que el impresor buscaba recuperar su inversión, no de Lizardi, a quien considera insolvente, sino de Palomino, que contaba con suficientes bienes como para responder por la deuda según el inventario de sus posesiones recabado por la justicia. De hecho, el impresor ni siquiera quiere aceptar los ejemplares del segundo tomo de La Quijotita… (del que se hicieron 750 ejemplares) como pago de la inversión, pues sólo los considera útiles para “envolver azafrán” y no quiere que “se le apolillen en los estantes”, es decir, los considera invendibles por el poco interés mostrado por el público.

Estas declaraciones perdidas en un pleito mercantil ajeno a lo literario, ofrecen una perspectiva muy diferente a la que nos ofrecieron los críticos decimonónicos sobre la recepción de la obra de Lizardi entre sus contemporáneos, y por lo tanto nos lleva a cuestionar muchas otras de sus afirmaciones. Es posible, quizá, que El Pensador mexicano no fuera tan importante como líder de opinión, ni que sus obras tuvieran el impacto que se nos ha hecho creer para el cambio de mentalidad de los hombres de su época. Habrá que cotejar el nuevo conocimiento aportado por esta fuente con otras como para sustentar más esta nueva hipótesis.

Fuente consultada: Nancy Vogeley, “Las vicisitudes editoriales de La Quijotita y su prima”, Legajos. Boletín del Archivo General de la Nación, 7ª. Epóca, año 5, núm. 18, octubre-diciembre 2013, pp. 135-194.

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