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Panorama Académico

La novela histórica contemporánea, breve reflexión en transcurso

Redacción

Publicado

en

Por Elsa Leticia García Argüelles

Rescate y recreación del pasado histórico en la ficción

La presencia de la historia en la literatura es, en primera instancia, una reflexión  de la reescritura del pasado, entre los olvidos, los silencios, las enunciaciones del yo y del conocimiento de la memoria colectiva. La evocación narrativa del pasado histórico abre muchas posibilidades de invención y reinvención novelística, tal como lo demuestran tres novelas históricas, publicados en 2010 con motivo del Bicentenario de la Independencia, protagonizadas por Leona Vicario, una mujer intelectual, una heroína insurgente, que se ha convertido en una heroína privilegiada por la ficción histórica más contemporánea.

Esta nueva novela histórica, a semejanza de la novelística tradicional como la “nueva”, se encuentra ligada a un referente histórico dentro de un marco que se originó en el siglo XIX y que se ha renovado en el siglo XXI en medio de una reflexión general sobre la novela. El género se ha reinventado y construido a partir  de una tensión entre dos discursos distintos —la literatura y la historia— que se influyen mutuamente y que se alimentan de otros géneros tales como el ensayo, la biografía, los documentos históricos, el relato de viajes o el género epistolar.

Junto con la novela del dictador y la novela social, en Latinoamérica ocupa un lugar destacado, por su proliferación y su calidad, la novela histórica. Seymour Menton en La Nueva Novela Histórica de la América Latina 1979-1992 (1993),  enfoca un género donde predominan las nuevas técnicas narrativas y experimentales (monologo interior, el dialogismo, la parodia, la multiplicidad de puntos de vista, la reflexión metatextual del proceso de escritura y la intertextualidad, por nombrar algunos), a la vez que sugiere la aparición de “un nuevo género” (Mentón 25); cuando en realidad lo que sucede, como afirma María Cristina Pons en su libro Memorias del olvido. La novela histórica de fines del siglo XX (1996) habla de innovación a partir de presupuestos tanto formales como ideológicos:

Las novelas históricas latinoamericanas del siglo XIX se constituyen, en cambio,  en discursos de legitimación de la ideología liberal, de ratificación del poder y de una búsqueda para confirmar la identidad de las nacientes repúblicas frente a esa otredad que era el pasado colonial. La novela histórica latinoamericana del siglo XIX no sólo tenía que colaborar a construir el futuro de esas nacientes repúblicas, sino que también tenía que participar en la construcción del pasado. (Pons 88)

La revisión contemporánea de la Independencia ha reavivado el concepto tradicional de la historiografía, con su nostalgia por las grandes sagas históricas del siglo XIX. En su versión romántica y realista, esta novelística decimonónica se proponía construir una identidad nacional, iniciando a los lectores en la Historia de México. La historia y la novela presentaban la “realidad” de los acontecimientos históricos bajo un pensamiento positivista, que implicaba una voluntad de verdad absoluta. El siglo XX ha modificado la percepción literaria de la historia hacia una consciencia menos fija, menos inamovible:

Desde esta perspectiva, lo que la novela histórica a finales del siglo XX se propone es afectar esta memoria histórica colectiva desde una percepción del cambio. Para ello buscan recuperar lo particular, lo singular, lo heterogéneo y la dimensión del tiempo  histórico en el cual el pasado no es un tiempo fijo y concluido, sino cambiante que se conecta con un presente también cambiante, inacabado, en su contemporaneidad inconclusa […] Se trata más bien de destacar su posicionalidad, en términos espacio-temporales e ideológicos, desde donde se produce el discurso y la (re)escritura de la Historia. (Pons 262-263)

Como factor de cambio literario, la revisión historiográfica actual ha revalorado el lugar de la identidad femenina dentro de la historia, como lo demuestra Las mujeres de la Independencia en América Latina (2010), un libro que revisa el papel de las mujeres en esa guerra, desde un amplio marco temático y crítico. Por otra parte, los estudios sobre el bicentenario permitieron revisar el “acto de independizar” tanto el pensamiento como la escritura. A partir de estas nuevas perspectivas, el presente ensayo se propone analizar quién escribe y desde dónde se escriben estas novelas: qué estrategias textuales proponen, qué postura histórica adoptan, hasta qué punto sus personajes femeninos trascienden los límites de su historicidad.

La novela histórica en los albores del siglo XXI busca a su lector y establece un eje entre el concepto de historia y la propuesta discursiva literaria que enfoca el escritor/a. Si bien, en el XIX y el XX esta prosa forma parte de un proyecto mayor como una verdad unidimensional, apoyada por un sentido de “compromiso social o nacional de identidad”, esto se ha relajado y relativizado, dando paso a otras formas de concebir una narración de carácter histórica.

Para ello, el presente trabajo analizará el personaje femenino central en cada una de estas tres novelas, que buscan conmover al lector contemporáneo exponiendo la situación de la mujer durante la época novohispana y el proceso de la Independencia, contraponiendo puntos de vista múltiples —críticos o nostálgicos— en torno a una de las más reconocidas figuras de nuestro calendario cívico —“junto con Josefa Ortiz de Domínguez, no obstante que ambas fueron integradas desde 1981 en el calendario cívico”— (Tecuanhuey  77- 83). El proceso de ficción en la novelística remite a la construcción de las identidades del referente histórico de Leona Vicario, dando lugar a distintas posicionalidades:  insurgenta, mujer y heroína (ya sea desde la memoria historia oficial, desde su humanización  o su desmitificación, como veremos más adelante).

La figura de Leona Vicario ha recibido varios homenajes y ha sido representada en numerosas ocasiones, desde la telenovela que protagonizaron Diana Bracho y María Rivas hasta la obra de teatro El juicio de Leona Vicario, con de María Inés Pintado  y Leonor Cortina.

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Panorama Académico

Aventura e intrigas en el siglo XVI

Redacción

Publicado

en

Por Thomas Hillerkuss

Hacia 1530, en una pequeña villa del arzobispo de Toledo, nació un retoño de una familia de hijosdalgo empobrecida, llamado Antonio de Adrada. Desde pequeño buscó superarse, y de esta manera cursó la escuela hasta los catorce años de edad, cuando tomó la decisión de acompañar a don Francisco de Herrera, general de artillería, a Flandes y a Alemania, primero como paje y finalmente como soldado. En estos dominios lejanos luchó bajo mando del emperador Carlos V contra los ejércitos de los “heréticos y depravados” protestantes y luteranos. Por causas desconocidas, muy joven todavía, renunció a este servicio, regresó a su tierra natal de donde se trasladó a la cercana villa de Madrid, para solicitar licencia de viaje a las Indias Occidentales (América española). Pronto pudo embarcarse a Santo Domingo, de donde pasó a Honduras y Guatemala, en esta época, por su pobreza no exactamente tierras prometidas. Ahí logró integrarse a las oficinas de la Audiencia, con seguridad como escribiente.

En la ciudad de Guatemala le alcanzó su verdadero destino, por lo que en 1562 los magistrados lo enviaron a Guadalajara, en Nueva Galicia, para estudiar teología en el colegio local y en Pátzcuaro (probablemente con los jesuitas) con el fin de hacerse sacerdote diocesano. Se ordenó a fines de 1572 o principios de 1573. El nuevo obispo de Guadalajara, Lic. Francisco Gómez de Mendiola, antiguo oidor en esta ciudad, para estas fechas había descubierto en Antonio habilidades que eran resultado de sus extensas experiencias en el mundo y que a este prelado le parecían de mucho provecho. Por esta razón no le asignó alguna de sus alejadas parroquias sino lo mantuvo cerca, para enviarlo como su visitador a las “Minas ricas” de los Zacatecas, que se hallaban aquejadas por un gran desorden social y moral, con clérigos que se ocupaban más de sus propios negocios que del bienestar de las almas que tenían asignadas. La siguiente tarea fue más delicada todavía: como juez de comisión debía investigar las supuestas condiciones escandalosas que reinaban en varios partidos asignados a los franciscanos, ubicados entre Ameca y Zapotlán (Ciudad Guzmán). No obstante, Adrada en realidad no era más que un alfil, aunque muy fiel a su amo, a quien el prelado pretendía usar para su lucha contra estos religiosos por las feligresías más ricas de su obispado.

Las acusaciones fueron graves: conventos suntuosos e levantados con mano esclava de indios libres, testamentos manipulados a favor de la orden, amantes que radicaban con los mismos frailes en sus conventos, juegos de cartas con altas apuestas, atroces borracheras en cada residencia franciscana e innumerables personas muertas sin confesarse ya que los religiosos se negaron atender a los moribundos en sus hogares. Este expediente y otros más, no menos gravosos, el obispo los envió clandestinamente al Consejo de Indias, sin que éste ni el Rey en algún momento tomaran cartas en el asunto porque sabían de este tipo y otros conflictos parecidos en Indias cuyo trasfondo no era espiritual sino meramente financiero y de esta manera, poco apegados a los preceptos de la Iglesia.

Entretanto, según un proceso inquisitorial, Adrada había ido un paso más lejos todavía. En un noche con lluvias torrenciales, sobre un caballo negro cuyos ojos brillaban con rojo flamante, y disfrazada con un gran sombrero que no permitía ver su cara, una capa negra y con botas como solamente las usaban militares, se presentó en una pobre choza en Pátzcuaro, donde un mozo probaba bocado. Adrada sabía de la buena letra que este muchacho sabía plasmar sobre pergamino, y por eso le exigió redactar dos muy cortos mandamientos, mediante los cuales se ordenaba que dos franciscanos y un jesuita del occidente novohispana, inmediatamente se presentaran ante el Tribunal del Santo Oficio. Como era costumbre, no fue anotada la causa, pero el mismo personaje misterioso firmó ambos con “El inquisidor”, quien en este tiempo era el temido Dr. Pedro Moya de Contreras. Finalmente le lanzó al autor unas monedas, guardó ambos escrito en su moral y desapareció sin despedirse.

Temblando y llenos de miedo los tres “invitados” inmediatamente se presentaron en el portón del “Palacio Negro” en la ciudad de México, donde nadie pudo esconder su sorpresa. Fueron apartaos y el mismo tribunal les pidió no hablar con persona alguna del asunto, porque que se trataba de un delito de suma gravedad y no una simple mala broma, ya que ponía en duda la autoridad de su institución. Mediante meticulosas investigaciones en todo el virreinato, comparación de detalles característicos de la letra usada y la consulta de un sinfín de personas que enseñaban leer y escribir, finalmente un ya muy viejo jesuita de Pátzcuaro reconoció la grafía, guiando a los alguaciles del Tribunal con el sobremencionado mozo que había sido su discípulo y había sido cambiado su residencia a Toluca. Frente a tanto poder, éste confesó de inmediato relatando su experiencia con el hombre misterioso.

Los empleados del Santo Oficio siguieron su descripción y los indicios, y al cabo de algunas unas semanas en Guadalajara tomaron preso a Adrada, a quien llevaron en calidad de reo a las cárceles secretas de la Inquisición en la capital. Ahí le fue abierto proceso donde tuve que enfrentarse a las pruebas. Como era costumbre le ofrecieron clemencia en caso de confesar. Sin embargo, Adrada era hombre de carácter y ni siquiera sufriendo tres duras y largas sesiones de tortura aceptó culpa alguna. A los jueces, consultores y fiscal que formaban el tribunal colegiado, no les quedó de otra que votar la sentencia, como lo era la costumbre. Hubo empate porque incluso Moya de Contreras se declaró por su inocencia, pero faltaba el voto del fiscal, para el desempate. A nadie puede sorprender su voto: “culpable”. No obstante, las dudas no se desvanecieron, y de esta manera el castigo fue excepcionalmente leve: “destierro del arzobispado de México y de los obispados de Michoacán y Nueva Galicia, y guardar el secreto acerca de su caso”. La pista de Adrada se pierde con una solicitud del 26 de mayo de 1576, cuando mediante un escrito redactado en Malinalco (pueblo ubicado en el sur del actual Estado de México) pidió a los inquisidores dejarlo descansar por unas pocas semanas, antes de retomar su camino al destierro, para curarse una de sus muñecas que había sufrido daños durante el suplicio en la cámara de tortura.

A pesar de que el Renacimiento era una época en extremo violenta tanto en Europa como en América, no todo se manejaba sin ley, como se ve en este caso. Igualmente se refleja la larga distancia entre México y la corte en España que no en todos los casos era impedimento para que el rey Felipe II y sus consejeros se enteraran cuáles eran los desarrollos en estas nuevas tierras, para impedir que los grandes antagonistas en América usaran la potestad real para fines poco convenientes para el imperio.

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Panorama Académico

Cinco de mayo: La celebración binacional

Redacción

Publicado

en

Por Víctor Manuel Chávez Ríos

El cinco de mayo de 1862 se llevó a cabo una batalla que desencadenaría un sitio que duraría un poco más de un año, en esta fecha el ejército mexicano al mando del general Ignacio Zaragoza enfrentó al ejército francés de Napoleón III. el resultado fue el triunfo de los soldados mexicanos fortificados en el cerro de Guadalupe, en las inmediaciones de la ciudad de Puebla de los Ángeles.

Desde enero de 1862 las tropas inglesa y francesas desembarcaron en el puerto de Veracruz para presionar al gobierno republicano de Juárez a pagar la deuda con ambos países europeos, pero esto fue solamente la fachada para auspiciar los ímpetus de expansión del segundo imperio francés y así implantar su influencia en territorio americano en alianza con el grupo político denominado conservador.

A finales de marzo los ingleses se retiraron del territorio mexicano al ver que la deuda era impagable, los franceses permanecieron en Veracruz y cuando los conservadores lograron establecer un punto de control en Córdova Veracruz y posibilitaron el avance de las tropas galas.

El primer escarceo militar entre ambos bandos fue el 19 de abril de 1862, a partir de ese momento los mexicanos trataron infructuosamente detener el avance de las tropas francesas, pero la ventaja estratégica favoreció a los europeos. Los mexicanos se pertrecharon en el fuerte de Loreto, ubicado en una fortificación natural denominada cerro de Guadalupe.

El ejército mexicano que trataba de impedir la toma de la ciudad de Puebla de los Ángeles estaba conformado por 4,000 hombres y estaban al mando del general Ignacio Zaragoza, la importancia estratégica de este lugar residía en ser el último punto estratégico antes de llegar a la ciudad de México.

La batalla por Puebla inició a las once de la mañana y durante casi siete horas los mexicanos impidieron el paso de los franceses que avanzaban en una pendiente hacia arriba que los dejaba en desventaja, un poco antes de las seis de la tarde se desencadenó una tormenta que incluyó granizo, elemento que aumentó la dificultad de los franceses, quienes atacados por una lluvia de fuego y agua se retiraron.

En los Estados Unidos la celebración de esta fecha es más importante que la del inicio de la independencia en septiembre, para los ciudadanos de ascendencia mexicana o mexicanos inmigrantes este día representa la celebración más relevante de la nación chicana porque el general Ignacio Zaragoza nació el 24 de marzo de 1829   en Ciudad Presidio (hoy Goliad, Texas) localizada en Bahía del Espíritu Santo.

Ignacio Zaragoza Seguin, nació en el territorio texano, pero se formó y educó en el norte de México, de manera intermitente, ya que su padre era militar, entre los estados de Tamaulipas, Coahuila y Nuevo León y él se enorgullecía de ser mexicano. Sin embargo, a su muerte prematura por Tifo, en septiembre de 1862, el mismo año de la batalla en cuestión. En las lejanas tierras del norte surgió el mito del texano capaz de vencer al ejército francés, emparentado por parte de madre, con uno de los independentistas texanos de la guerra de 1836: Juan José Erasmo Seguin

En México el acontecimiento ha sido un motivo ideal para la construcción del nacionalismo del siglo XIX mexicano y significó un hito el vencer al ejercito del segundo imperio francés para convertirse así, durante muchos años, en una fecha significativa para alentar el patriotismo, al grado de fijar esta fecha cívica en el siglo XX para que los conscriptos del Servicio Militar Nacional juraran fidelidad a su bandera tricolor mexicana.

A finales del siglo XX y con el ingreso de México a diferentes tratados de libre comercio, tanto de Europa como de América se fueron minimizando estas fechas por considerar que afectaban las relaciones con esos países que el pasado se había entrado en conflicto, el asueto para conmemorarlas debidamente, como parte de cultura mexicana que nos distingue frente al mundo globalizado se fue diluyendo hasta perderse.

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Panorama Académico

Programas socioeducativos para los jornaleros agrícolas migrantes en el estado de Zacatecas

Redacción

Publicado

en

Por Elena Anatolievna Zhizhko

En México, los migrantes internos son muchos más que los que se desplazan a los Estados Unidos. A nivel nacional, migran 15 millones de personas al año de los que 3.5 millones son jornaleros agrícolas (población potencial (jornaleros agrícolas y sus familias) es aprox. 5.2 millones) (datos ENJO[1]): 53% son varones y 47% mujeres. Asimismo, el 70% de los jornaleros agrícolas son representantes de distintas etnias indígenas.

En general, de los hombres y mujeres que se ocupan como jornaleros agrícolas en los estados de la república formando el “ciclo agrícola del noroeste”, 90% trabajan para grandes empresas agrícolas que se dedican a la exportación de productos. Estas encuentran en los emigrantes una mano de obra flexible, que se adecua al trabajo arduo y agotador, sin contrato ni derechos laborales (Paleta Pérez, 2012, p.17).

Se desarrollan tres modalidades migratorias: pendular (van y regresan a comunidades de origen), golondrina (se desplazan en varias regiones); asentada en zonas de trabajo.

Es importante señalar que sobre la problemática de los jornaleros agrícolas migrantes existen varios estudios sociológicos con diversas orientaciones metodológicas y conceptuales. Se hallan las vertientes de análisis que están interesados en la salud de los jornaleros, en la aplicación de pesticidas y agroquímicos en diversos cultivos (Palacios, 2004; Seefoó, 2005; Olimón, 2005, entre otros). Otras indagaciones están dedicadas a las experiencias y condiciones de vida de jornaleros en los campos de cultivo y en sus comunidades de origen, registran y exhiben las condiciones frágiles y de explotación intensa que experimentan los jornaleros agrícolas y niños trabajadores; abordan temas de relaciones de género, poder y explotación laboral junto con testimonios e imágenes (Torres, 1997, Talavera, 2005; Galindo, Landa, 2007; Sánchez, Rodríguez, 2008; Jiménez, 2010, 2016; Paleta, 2011; Paleta, 2012, entre otros).

La mayoría de las investigaciones documentan la dificultad de identificar a los jornaleros agrícolas por ser grupos de migrantes con una alta movilidad espacial; los caracterizan como grupos heterogéneos con adscripciones étnicas diferentes y como grupos demandantes de servicios educativos y atención gubernamental.

Los investigadores destacan que la estructura de poder en los campos agrícolas consiste en una pirámide que tiene en la cima al dueño de la tierra debajo de él está el capataz contratista responsable de reclutar a la cuadrilla de trabajadores y sus deberes incluyen muchas veces proveer de vivienda, alimento y bebidas a ésta. En la base de la pirámide se encuentran los trabajadores o jornaleros agrícolas, quienes sólo cuentan con su fuerza de trabajo y poseen más desventajas sociales y políticas que todos los demás. No tienen derecho a organizarse en sindicatos y en ocasiones no son contratados durante todo el año o son subcontratados; si existe una sobreoferta de trabajo, tienen que laborar durante jornadas más largas, sin descanso; no se les remuneran las horas extras, no cuentan con instituciones de salud, sufren las consecuencias de los pesticidas, carecen de vacaciones pagadas y no gozan de una pensión. La situación de la vivienda es deplorable: viven en chozas de lámina y madera (de 8 a 10 personas) o bodegas (de a 60 personas), sin servicios sanitarios mínimos, siempre saturados pagando el alquiler de 10 a 40 pesos.

El uso de mano de obra barata de los jornaleros agrícolas migrantes en México, es una práctica habitual. Así, por ejemplo, en el municipio de Ensenada, Baja California, empresas agrícolas transnacionales contratan mano de obra barata en condiciones infrahumanas, tanto al interior de los campos agrícolas como en los asentamientos fuera de estos. A su vez, a Nayarit al cultivo y corte de tabaco, caña, frijol y chile anualmente llegan 80 mil jornaleros, en su mayoría indígenas de Chiapas, Guerrero, Hidalgo, Oaxaca y Sierra de Nayarit (coras y huicholes).

En Michoacán, trabajan 120 mil jornaleros que llegan de Guerrero, Oaxaca, Chiapas. En Sonora, 85 mil trabajadores llegan a Caborca, Pesqueira, Empalme, Guaymas, Hermosillo. A Baja California Sur, llegan cada año 25 mil jornaleros indígenas del sur del país (Oaxaca, Guerrero, Veracruz), a 40 ranchos exportadores de hortalizas del Valle del Vizcaíno, Terrasanta, La Paz.

Más de 25 mil jornaleros agrícolas indígenas del estrado de Guerrero, se desplazan cada año hacia Sinaloa. La migración de los jornaleros agrícolas indígenas de Oaxaca, tiene un fuerte carácter étnico: zapotecos de valles centrales y sierra sur, mixtecos y triquis, de la Mixteca; mazatecos, mixes, chinantecos, amuzgos, chatinos. A menudo son familias completas al margen de las prestaciones sociales, sin estabilidad laboral, habitan viviendas sin servicios y son objeto de atropellos a sus derechos humanos. En lugares donde se hospedan no hay servicios básicos como luz, agua potable y drenaje, además se vive en hacinamiento e insalubridad.

La situación de los jornaleros agrícolas en el estado de Zacatecas, es un fiel reflejo de la realidad de este grupo de los trabajadores migrantes a nivel nacional. En Zacatecas, como importante productor de chile seco, frijol, maíz, uva, tomate rojo, tomatillo, ajo, cebolla, guayaba, avena, cebada, se recibe la mano de obra (más de 5 mil personas), sobre todo, indígena: los jornaleros wixarika de San Sebastián Teponaxhuatlan, Tuxpan de Bolaños, San Andrés Cohamiata y Santa Catarina Cuexcomatitlan (Nayarit), los de Veracruz y Huasteca potosina (Río Verde), los tlapanecos, tepehuanos de Aguascalientes, Durango, Jalisco, Guerrero, Oaxaca, Nuevo León, Michoacán, Querétaro, Chiapas, Guanajuato, Estado de México, así como de los municipios del estado: Saín Alto, Villa Hidalgo, Pinos, Sombrerete, ‑ llegan a campos de Fresnillo, Calera, Jerez, Jalpa, Juchipila, Tlaltenango, Loreto, Villa de Cos (Jiménez, 2016).

77% de los migrantes viajan con toda la familia; 8% son mujeres solas y 14% son hombres solos. Arriban a Zacatecas en febrero-marzo hasta finales de julio, percibiendo de 70 a 130 pesos diarios por jornadas laborales de 4 a.m. a 13 p.m. Los patrones que contratan a los indígenas, no los registran ante el IMSS; sólo 47% de las mujeres jornaleras embarazadas llevan algún control médico; 12% de jornaleros no cuenta con acta de nacimiento; 92% de hombres mayores de 18 años no cuentan con cartilla militar; 43.4% de niños menores de 8 años no tienen cartillas de vacunación (Jiménez, 2016).

A la vez, es importante señalar que hasta 2010 en el estado de Zacatecas no operaban los programas federales de SEDESOL dirigidos a este sector de la población como el Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas y el programa MONARCA. Tampoco existía algún programa propio de las instituciones de Gobierno del Estado, con excepción de la cobertura muy limitada aunque gratuita, de algunos servicios básicos de salud y acciones de saneamiento público por parte de los centros de salud en estas localidades (principalmente en las de Fresnillo).

Asimismo, antes del 2010, la SEP no implementaba en Zacatecas los programas de CONAFE. En 2010 comenzó a aplicarse el PRONIM-SEP/SEC, aunque con una cobertura muy limitada en relación con el tamaño de la población infantil que requiere del servicio (de 3 a 14 años), de la cual el 56% no asiste a la escuela (1,062 del total de la población); el 66% no cuenta con un servicio educativo apropiado en los lugares a los que migra (sólo cerca del 1% asiste y completa algún grado del nivel preescolar; el 10% completa el 1º grado de primaria, 8% el 2º grado, 7% el 3º grado, 1% el 4º grado y 2% el 5º grado; sólo el 4% completa su instrucción primaria hasta el 6º grado y un 2% alcanza el 2º grado del nivel secundaria. En total, el 94% de los niños requieren del servicio educativo bilingüe (22% no habla ni entiende el español) (Jiménez, 2016).

Sin duda, los datos estadísticos presentados líneas arriba son alarmantes, pero también sorprenden, ya que los documentos internacionales y nacionales rectores de educación de los marginados prestan una atención importante a este grupo de población. No obstante, en Zacatecas no ha habido cambios cualitativos en este sector educativo.

El analfabetismo de un gran número de los jornaleros, falta de educación elemental, desconocimiento de sus derechos, son la causa de los abusos de empleadores hacia los migrantes. Hace falta una real ejecución y seguimiento del Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas Migrantes a través del Instituto Zacatecano de Educación para Adultos (IZEA) (de hecho, según los reportes de INEA, este programa funciona desde 2005).

[1] Encuesta Nacional de Jornaleros Agrícolas de la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL).

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